Delegación de funciones y no delegación de poderes. Luigi Fabbri

“Un amigo al que sometimos el dilema planteado por Malatesta —o las cosas son administradas según los libres pactos de los interesadas y por parte de los interesados mismos, y entonces tenemos la anarquía, o son administradas según las leyes hechas por los administradores y entonces tenemos el gobierno o Estado, que fatalmente se hace tiránico— nos objetaba que precisamente falta lo esencial: la facultad de administrar. ¿Pero qué es lo que confiere esta facultad? No ciertamente el hecho de ser los exponentes más descollantes de un partido, ni el de haber sido nombrados diputados o comisarios del pueblo. Se trata de una facultad técnica que no es privilegio de los gobernantes, como no es preciso ser gobernante para poder ejercitarla.

Nosotros no excluimos los administradores técnicos, a condición de que éstos sean elegidos entre los interesados, condición principal para que sean competentes y administren según los pactos libremente estipulados entre los interesados mismos. Es decir que se trata de delegación de funciones siempre revocables y no de delegación de poderes. Mientras esto no sea posible y sean los llamados administradores quienes hagan la ley según la cual administrarán, es decir mientras sean gobernantes, es evidente que no habrá anarquía. En tal caso, cuya posibilidad no excluimos, la función de los anarquistas consiste en hacer propaganda y luchar para que el libre acuerdo sustituya a la ley coercitiva, pero de ningún modo convertirse en administradores-gobernantes.

Aún hoy, por lo demás, los que administran, en el sentido práctico de la palabra, no son los gobernantes; éstos, al contrario, dificultan la administración de los servicios y de la riqueza pública, mandan a los verdaderos administradores y desvían y hacen degenerar su misión en beneficio propio. ¿Acaso la industria o el comercio, los ferrocarriles, los correos y telégrafos, todos los servicios públicos, etc., están administrados por los gobiernos o por los ministros? Los verdaderos administradores son los funcionarios técnicos dependientes, casi siempre desconocidos, que, por lo que de útil y necesario hacen, ninguna ventaja tienen en ser funcionarios estatales, al contrario, les perjudica el servilismo que entorpece sus servicios.

De igual modo en la gestión de la riqueza privada, la función administrativa más útil, la única necesaria, no es ciertamente la de los accionistas, de los propietarios y de los banqueros, sino la del personal administrativo de cada servicio, de cada fábrica, de cada establecimiento, de cada empresa, estipendiado o asalariado y no patrono. Ahora bien, ¿por qué no deberían usufructuarse sus facultades administrativas en modo libertario, sin sobreponerle órganos de coerción y de contralor, inútiles en la práctica cuando no nocivos?

Claro que mientras los interesados, o por lo menos un número suficiente de ellos, no tengan una cierta conciencia de sus necesidades y del mejor modo de satisfacerlas y de sus derechos y deberes, no será posible la anarquía. Pero esta conciencia no se podrá formar en ellos mandándolos, imponiéndosela con la fuerza, sino creándoles nuevas condiciones que hagan posible la formación y desarrollo de tal conciencia. En la servidumbre no se forman hombres libres, fuera de pequeñas minorías; únicamente la libertad puede dar la conciencia libertaria a las grandes mayorías. Y he aquí por qué es necesario que haya, durante y después de la revolución, un partido que combata principalmente por la libertad, que conquiste y defienda la mayor suma de libertad para todos.

Cierto que la libertad no es el único problema social importante y nosotros no queremos dejar olvidados los demás; pero es uno de los más importantes; antes bien, nos parece que después del problema del pan, es el más importante de todos. Hasta se podría sostener que el problema de la libertad está en primera línea, si se piensa que el salariado es una forma de servidumbre, que, en sustancia, los patrones son los opresores, los enemigos de la libertad de los obreros a quienes explotan; si se piensa que, si estuviéramos libres de la opresión estatal, si el gobierno no ríos impidiera toda libertad de movimiento, pronto nos habríamos desembarazado de cualquiera otra opresión y resuello todos los demás problemas. No sería difícil demostrar que cada problema social se reduce en último análisis a una cuestión de libertad.

Mientras no haya libertad para todos, la oposición al gobierno, la oposición a la autoridad será la condición principal e indispensable de todo progreso. Al contrario, toda pretensión autoritaria y coercitiva, más o menos legalizada, tiende a detener cualquier clase de progreso, comprendido el económico de la producción. ¡Figurémonos entonces lo que ocurriría cuando la coerción tendiese a establecer por medio del centralismo un sistema único de trabajar y de producir!

La imposición autoritaria de un tipo único de comunismo ordenada dictatorialmente por el Estado, mientras, por una parte multiplicaría los enemigos de la revolución y podría determinar el fracaso de ésta, por otra nos llevaría, aún en el caso de que triunfase, al comunismo de Estado, es decir: a la creación de un patrón único y central, que resumiría las dos tiranías actuales, la del gobierno y la del propietario. Nos conduciría, por lo tanto, en la mejor de las hipótesis, a un fin opuesto a la anarquía.”

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