Parlamentarismo. Pannekoek

“El parlamentarismo constituye la forma típica de la lucha por medio de los jefes, en el que las masas mismas sólo tienen un papel subalterno. En la práctica consiste en dejar la dirección efectiva de la lucha en manos de personalidades aparte, los diputados; éstos deben, pues, mantener las masas en la ilusión de que otros pueden llevar el combate en lugar de ellas. Ayer, se creía que los diputados eran capaces de conseguir, por la vía parlamentaria, reformas importantes en beneficio de los trabajadores, llegando incluso hasta alimentar la ilusión de que podrían realizar la revolución socialista gracias a algunos decretos. Hoy, al aparecer el sistema claramente estremecido, se hace valer que la utilización de la tribuna parlamentaria presenta un interés extraordinario para la propaganda comunista. En ambos casos la primacía recae en los jefes y ni que decir tiene que el cuidado de determinar la política a seguir se deja a los especialistas, bajo el disfraz democrático de las discusiones y mociones de congreso, si hace falta. Pero la historia de la socialdemocracia es la de una serie ininterrumpida de vanos intentos tendentes a permitir a los militantes fijar ellos mismos la política del partido. Mientras el proletariado luche por la vía parlamentaria, mientras las masas no hayan creado los órganos de su propia acción y, por tanto, la revolución no esté al orden del día, todo esto es inevitable. Por el contrario, desde el momento en que las masas se revelan capaces de intervenir, de actuar y, por consiguiente, de decidir ellas mismas, los daños causados por el parlamento toman un carácter de gravedad sin precedente.

El problema de la táctica puede enunciarse así: ¿Cómo extirpar de las masas proletarias el modo de pensar burgués que las paraliza? Todo lo que refuerza las concepciones rutinarias es perjudicial. El aspecto más tenaz, más sólidamente anclado, de esta mentalidad consiste justamente en esa aceptación de una dependencia respecto de los jefes, que empuja las masas a dejar a los dirigentes el poder de decidir, la dirección de los asuntos de la clase. El parlamentarismo tiene por efecto inevitable paralizar la actividad propia de las masas, necesaria para la revolución. Los llamamientos encendidos a la acción revolucionaria no cambian nada de nada: la acción revolucionaria nace de la dura, de la ruda necesidad, no de bellos discursos; se abre paso cuando ya no queda otra salida.

La revolución exige aún algo más que la ofensiva de masas que abate el régimen vigente y que, lejos de hacerse por encargo de los jefes, surge del irreprimible impulso de las masas. Exige que el proletariado resuelva, él mismo, todos los grandes problemas de la reconstrucción social, tome las decisiones difíciles, participe todo en el movimiento creador; para esto se necesita que la vanguardia y, a continuación, las masas cada vez más amplias tomen las cosas en sus manos, se consideren responsables, se pongan a buscar, a hacer propaganda, a combatir, experimentar, reflexionar, a sopesar y después atreverse y llegar hasta el final. Pero todo esto es duro y penoso; por esto, mientras la clase obrera tenga la impresión de que hay un camino más fácil, porque otros actúan en su lugar, lanzan consignas desde lo alto de una tribuna, toman decisiones, dan la señal de la acción, hacen leyes, titubeará y permanecerá pasiva, prisionera de los viejos hábitos de pensamiento y de las viejas debilidades.”

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