Anarcosindicalismo (II). Rudolf Rocker

“Con frecuencia se ha acusado al anarcosindicalismo de no interesarse en la estructura política de los diversos países y, por consiguiente, de desentenderse de las luchas políticas de nuestro tiempo, limitando su actividad a la lucha por unas demandas puramente económicas. Es ésta una idea errónea que nace de una manifiesta ignorancia o de una deliberada tergiversación de los hechos. No es la lucha política como tal lo que diferencia a los anarcosindicalistas de los modernos partidos obreristas, ni en la táctica ni en los principios, sino la forma de mantener esta lucha y los objetivos que tiene a la vista.

(…)

Pero el punto de ataque en las luchas políticas no está en los cuerpos legislativos, sino en el pueblo. Los derechos políticos no se engendran en los parlamentos, antes bien, les son impuestos a éstos desde fuera. Ni siquiera su aprobación y promulgación ha sido durante mucho tiempo garantía de su cumplimiento. Lo mismo que los patronos tratan siempre de anular toda concesión que hayan tenido que hacerle al trabajo, a la menor oportunidad que se les presente, en cuanto notan el menor síntoma de debilitamiento en las organizaciones obreras, así también los gobiernos están siempre predispuestos a restringir o a abrogar completamente los derechos y libertades otorgados, si se imaginan que el pueblo no ha de oponer resistencia. Incluso en los países en que desde hace tiempo hay esas cosas que se llaman libertad de prensa, derecho de asociación, y otras por el estilo, los Gobiernos tratan constantemente de restringir esos derechos o de interpretarlos a su antojo, por medio de quisquillosidades judiciales. Los derechos políticos no existen porque hayan tomado estado legal sobre el papel, sino que empiezan a ser realidad cuando comienzan a formar un hábito nacido en la propia entraña del pueblo y cuando toda pretensión de reducirlo tropieza con la resistencia violenta de la multitud. Cuando no ocurre así no hay oposición parlamentaría ni llamamiento platónico a la constitución que tenga remedio. Se obliga al respeto por parte de los demás, cuando uno sabe cómo defender su dignidad de ser humano. Y esto no es sólo verdad respecto a la vida particular, sino que lo es asimismo en la vida política. El pueblo goza de todos los derechos y privilegios políticos de que gozamos todos, en mayor o menor escala, y eso no es por la buena voluntad de los Gobiernos, sino gracias a que ha demostrado que tiene fuerza. Los Gobiernos han empleado siempre todos los medios que han hallado al alcance para evitar el logro de esos derechos o para convertirlos en pura ilusión. Grandes movimientos de las masas y completas revoluciones han sido necesarios para arrancar, en ese forcejeo, los aludidos derechos a las clases rectoras, las cuales jamás hubieran accedido de buen grado a concederlos. Basta con repasar la historia de los tres siglos últimos para comprender cuán inhumanas luchas ha costado el arrancar, pedazo a pedazo, cada derecho a los déspotas.

(…)

Si rehuyen toda intervención en la obra de los parlamentos burgueses, no es porque les repugne la lucha política en general, sino porque están convencidos de que la actividad parlamentaria es la forma de lucha política más débil y de menos horizontes. Para las clases burguesas el sistema parlamentario es, sin duda alguna, instrumento adecuado para el arreglo de sus conflictos, cuando éstos se presentan, y para hacer provechosa la colaboración, puesto que todos ellos tienen el mismo interés en mantener el orden económico vigente y la organización política que lo sustenta.

Todos los acontecimientos que afectan a la vida de la comunidad son de índole política. En este sentido, todos los actos de importancia para la economía, como por ejemplo una huelga general, son asimismo actos políticos, y, por supuesto, de mucha mayor importancia que cualquier procedimiento parlamentario. Es también una lucha de carácter político la contienda del anarcosindicalismo contra el fascismo, como también la propaganda antimilitarista, batalla ésta que durante varias décadas sólo han sostenido los socialistas libertarios y los sindicalistas, y que ha costado enormes sacrificios.

El foco de la lucha política no radica, pues, en los partidos políticos, sino en la guerra económica de las organizaciones obreras. El comprenderlo así es lo que hizo que los anarcosindicalistas concentraran su actividad en la educación de las masas y en la movilización de su potencialidad económica y social. Éste es el método que ha servido para realizar algo en todos los momentos decisivos de la historia.”

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