El falso binomio fascismo y democracia.

“El fascismo fue, por su estructura política, el régimen del terror que inhibe cualquier intento de acción que lo contradiga. La democracia neoliberal, también por su estructura, prohíbe el terror y, con sus medios de seducción del individuo reducido a sí mismo, diluye el terror en miedo y amenaza permanentes de perder su inseguro espacio en el dornajo de consumo planificado y su butaca en el espectáculo que le hace más fácil y llevadero el olvido de sí mismo.

Es una constante ver presentado el proyecto de la democracia liberal como sistema político triunfante y contrapuesto a toda forma de totalitarismo (incluida el fascismo). Separación de poderes, Estado de Derecho, legislaturas, elecciones… conceptos que hacen que una determinada forma de Estado diluya la opresión en un suculento canto de sirenas, donde se confunde libertad de consumo, libertad de mercado, con libertad.
La diferencia real entre los fascismos, las democracias burguesas u otras formas de gobierno autoritarias como los regímenes de carácter teocrático o marxista no existe. Todas estas formas de gestión del dominio entienden como necesaria la función del Estado como máxima institución de la evolución política y social. En lo único que difieren es en el papel que le toca ocupar al Estado. Diferentes formas de gobernar y ejercer el control social.
En el fascismo, el miedo y la represión son gestionados de forma directa y descarada contra toda manifestación de libre voluntad de las personas o grupos sociales. En la Democracia, se reserva el silencio y la ignorancia a toda expresión libre que se salga de los márgenes tolerados por el propio sistema, aplastados por el ruido mediático de la sociedad del espectáculo y la frivolidad. La libertad consiste en elegir libremente cómo debemos ser gobernados, elegir libremente cómo queremos pasar nuestro tiempo libre para recargar pilas para volver a trabajar, elegir libremente (si tenemos oportunidad, claro) a quién queremos enriquecer a costa de nuestra explotación; libremente tenemos que competir con nuestros iguales, considerándolos como competidores en la lucha por subir peldaños en la escala social; libremente tenemos que atravesar un modelo de existencia aislada y atomizada de nuestros iguales; libremente tenemos que asumir vivir en el miedo permanente por el pobre que viene de fuera, por el delincuente o por el terrorismo que amenaza nuestras preciosas libertades. No obstante, no podemos olvidar el hecho de cómo la maquinaria estatal de las democracias neoliberales invierte en instituciones represivas (judiciales, policiales, militares; mediáticas…) cantidades millonarias.
El control social de las sociedades democráticas supera con creces el ejercido por los viejos fascismos. El desarrollo técnico y tecnológico invertido en controlar, la reglamentación a través de códigos y leyes que rigen todas y cada vez más aspectos de nuestra vida… todo ello hacen que el término totalitarismo no pueda ser reservado sólo a formas fascistas de Estado, sino a cualquier forma de Estado, que implica necesariamente la tentativa totalitaria de realizar una ingeniaría social que controle todos los aspectos de nuestra vida. La autoridad usa distintas caretas para construir un mundo gris y de dominio, pero siempre se rige por el mismo principio basado en la falsa premisa de que en el mundo tienen que existir gobernados y gobernantes según distintos criterios.”

– Extraído el monográfico sobre antifascismo FIJL Madrid

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