Ni república, ni monarquía.

El inicio de esta última gran crisis capitalista ha traído como una de sus consecuencias más notorias el aumento del paro y  entre la población española. Esto ha provocado la aparición de movimientos sociales que hasta la fecha eran apenas notables. En este contexto, la abdicación del rey, Juan Carlos I, ha causado una respuesta por parte de estos movimientos, generalmente de izquierdas, en favor de una república. Sin embargo, cabría mencionar que la connotación del término república conlleva en nuestro país un mayor trasfondo del simple binomio república vs. monarquía, pues viene asociado a una época de convulsiones en la que la revolución social estaba latente.

En estos días observamos cómo las fuerzas de izquierda tradicional abogan por la constitución de una república en la que continúe vigente la figura del Estado, y por ende, la opresión. Hechos históricos nos remiten a los problemas de repúblicas estatales anteriores: superficialmente, la Primera República, la cual fue un mero trámite para la restauración de la dinastía borbónica en España. Sin embargo, durante el corto periodo que duró (1873-1874) se intentó llevar a cabo una propuesta derivada de la concepción más radical del federalismo: el cantonalismo, el cual fue frustrado por el poder estatal.

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Por otra parte, bajo la aparente efectividad de la Segunda República (incremento de la educación, restricción del poder eclesiástico, reforma del ejército…), la mayor parte de la población seguía en la miseria, sobre todo en lo referido al entorno rural, donde movimientos insurgentes tornaron con mayor virulencia, extendiéndose al ámbito urbano. Como respuesta ante estos actos protagonizados por la clase obrera, los sucesivos gobiernos republicanos respondieron mediante la represión, en pos de los intereses burgueses, quedando en la memoria episodios como el de Casas Viejas, la creación de una Ley de Vagos y Maleantes ( para cuya aplicación se crearon campos de concentración), la represión de la huelga revolucionaria del 34 o el fusilamiento de mineros en lucha en Asturias, entre otros.

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Ahora bien, la postura libertaria no se opone totalmente a una república, pues es preferible a una forma monárquica. La diferencia radica en la evolución transferida al concepto etimológico de res publica, cuyo significado original era “asunto público” entendido como poder cedido exclusivamente al pueblo. Esta es, pues, la postura defendida por los libertarios y opuesta al sentido actual del término «república» donde el poder se centraliza en el Estado, y aun cuando se produce una progresión en el sentido de mejora contra el sistema anterior y de carácter menos conservador, la opresión en oposición a esta progresión se lleva a cabo por ser el Estado una forma estática que por tanto, no admite cambios reales. Bajo un gobierno en su forma republicana, las dinámicas del poder, el autoritarismo, el clasismo, el capitalismo, o cualquier otra entidad coercitiva siguen existiendo y limitando al individuo, por esto nos oponemos a una república estatal y burguesa y proponemos otras formas de organización horizontal y libre como por ejemplo el comunismo libertario, el mutualismo o el individualismo (no entendido a ultranza).

En definitiva, cualquier forma de poder es por su naturaleza autoritaria y contralibertaria, y haya república o monarquía, mientras haya Estado, su infamia seguirá oprimiendo a la clase obrera.

 NI REPÚBLICA, NI MONARQUÍA

 ¡VIVA LA ANARQUÍA!

 

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