Ensayo sobre la inmigración en la Unión Europea

Durante los últimos años, Europa, y en concreto la UE o la Europa de los 15 (en ambas se ha dado la misma lógica), ha sido un continente receptor de migrantes, es decir, de inmigración, bien motivada por los países de origen del emigrante (factores de incitación) o bien motivadas por el país receptor de destino (factores de atracción), aunque una suma de ambas lógicas es la que da la respuesta más acertada y completa.

Los cuatro países de la Europa de los 15 que más personas inmigrantes recibieron en 2010 fueron: el Reino Unido (591.000), seguido de España (465.200), Italia (458.900) y Alemania (404.100)¹. Mientras que en 2012, Alemania fue el que recibió un mayor número de inmigrantes (592.000), seguido de Reino Unido (498.000), Italia (350.800), Francia (327.400) y España (304.100)². Cabe señalar que España fue el país con más número de personas emigrantes en ambos casos, tanto en 2012 con 446.600³, como en 2010 con 403.000.

Todos los países de la Europa de los 15 menos Grecia, Irlanda, Finlandia y Suecia, tuvieron más inmigrantes que emigrantes. También hay que resaltar cómo los datos mostrados en el anterior párrafo corresponden al número total de inmigrantes tanto nacionales como no-nacionales, esto quiere decir que una parte de las personas que vinieron inmigrantes eran nacionales que han vuelto a su país de origen. Podemos ver qué porcentaje de inmigrantes eran ya nacionales y también cuáles eran de países no miembros de la UE en el siguiente gráfico correspondiente a 2012:

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El falso binomio fascismo y democracia.

“El fascismo fue, por su estructura política, el régimen del terror que inhibe cualquier intento de acción que lo contradiga. La democracia neoliberal, también por su estructura, prohíbe el terror y, con sus medios de seducción del individuo reducido a sí mismo, diluye el terror en miedo y amenaza permanentes de perder su inseguro espacio en el dornajo de consumo planificado y su butaca en el espectáculo que le hace más fácil y llevadero el olvido de sí mismo.

Es una constante ver presentado el proyecto de la democracia liberal como sistema político triunfante y contrapuesto a toda forma de totalitarismo (incluida el fascismo). Separación de poderes, Estado de Derecho, legislaturas, elecciones… conceptos que hacen que una determinada forma de Estado diluya la opresión en un suculento canto de sirenas, donde se confunde libertad de consumo, libertad de mercado, con libertad.
La diferencia real entre los fascismos, las democracias burguesas u otras formas de gobierno autoritarias como los regímenes de carácter teocrático o marxista no existe. Todas estas formas de gestión del dominio entienden como necesaria la función del Estado como máxima institución de la evolución política y social. En lo único que difieren es en el papel que le toca ocupar al Estado. Diferentes formas de gobernar y ejercer el control social.
En el fascismo, el miedo y la represión son gestionados de forma directa y descarada contra toda manifestación de libre voluntad de las personas o grupos sociales. En la Democracia, se reserva el silencio y la ignorancia a toda expresión libre que se salga de los márgenes tolerados por el propio sistema, aplastados por el ruido mediático de la sociedad del espectáculo y la frivolidad. La libertad consiste en elegir libremente cómo debemos ser gobernados, elegir libremente cómo queremos pasar nuestro tiempo libre para recargar pilas para volver a trabajar, elegir libremente (si tenemos oportunidad, claro) a quién queremos enriquecer a costa de nuestra explotación; libremente tenemos que competir con nuestros iguales, considerándolos como competidores en la lucha por subir peldaños en la escala social; libremente tenemos que atravesar un modelo de existencia aislada y atomizada de nuestros iguales; libremente tenemos que asumir vivir en el miedo permanente por el pobre que viene de fuera, por el delincuente o por el terrorismo que amenaza nuestras preciosas libertades. No obstante, no podemos olvidar el hecho de cómo la maquinaria estatal de las democracias neoliberales invierte en instituciones represivas (judiciales, policiales, militares; mediáticas…) cantidades millonarias.
El control social de las sociedades democráticas supera con creces el ejercido por los viejos fascismos. El desarrollo técnico y tecnológico invertido en controlar, la reglamentación a través de códigos y leyes que rigen todas y cada vez más aspectos de nuestra vida… todo ello hacen que el término totalitarismo no pueda ser reservado sólo a formas fascistas de Estado, sino a cualquier forma de Estado, que implica necesariamente la tentativa totalitaria de realizar una ingeniaría social que controle todos los aspectos de nuestra vida. La autoridad usa distintas caretas para construir un mundo gris y de dominio, pero siempre se rige por el mismo principio basado en la falsa premisa de que en el mundo tienen que existir gobernados y gobernantes según distintos criterios.”

– Extraído el monográfico sobre antifascismo FIJL Madrid

Lo que significa ser gobernado. Proudhon

I.- Ser gobernadx significa ser observadx, inspeccionadx, espiadx,
dirigidx, legisladx, reguladx, inscritx, adoctrinadx, sermoneadx,
controladx, medidx, sopesadx, censuradx e instruidx por los hombres que no
tienen el derecho, los conocimientos ni la virtud necesarios para ello.

II.- Ser gobernadx significa con motivo de cada operación, transacción o
movimiento, ser anotadx, registradx, controladx, gravadx, selladx, medidx,
evaluadx, sopesadx, patentadx, autorizadx, licenciadx, aprobadx, aumentadx,
obstaculizadx, reformadx, reprendidx y detenidx.

III.- Es con el pretexto del interés general, ser abrumadx, disciplinadx,
puestx en rescate, explotadx, monopolizadx, extorsionadx, oprimidx,
falseadx y desvalijadx, para ser luego, al menos movimiento de resistencia,
a la menor palabra de protesta, reprimidx, multadx, objeto de abusos,
hostigadx, seguidx, intimidadx a voces, golpeadx, desarmadx, estranguladx,
encarceladx, fusiladx, juzgadx, condenadx, deportadx, flageladx, vendidx y
por último, sometidx a escarnio, ridiculizadx, insultadx y deshonrax.

¡Esto es el gobierno, esto es la justicia y esto es la moralidad!”

(Pierre-Joseph Proudhon: Idea general de la revolución en el siglo XIX,
1851)

Condiciones objetivas y subjetivas para la revolución.

“Para el marxismo no hay duda de que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución.  ¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas distintivos de una situación revolucionaria? Seguramente no incurrimos en error si señalamos estos tres síntomas principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante que abre una grieta por la que irrumpe el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no suele bastar que “los de abajo no quieran”, sino que hace falta, además, que “los de arriba no puedan” seguir viviendo como hasta entonces. 2) Una agravación, fuera de lo común, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos “de arriba”, a una acción histórica independiente.

(…)

Sin estos cambios objetivos, no sólo independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria. Esta situación se dio en 1905 en Rusia y en todas las épocas revolucionarias en Occidente; pero también existió en la década del 60 del siglo pasado en Alemania, en 1859-1861 y en 1879-1880 en Rusia, a pesar de lo cual no hubo revolución en esos casos. ¿Por qué? Porque no toda situación revolucionaria origina una revolución, sino tan sólo la situación en que a los cambios objetivos arriba enumerados se agrega un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones revolucionarias de masas lo suficientemente fuertes para romper (o quebrantar) el viejo gobierno, que nunca, ni siquiera en las épocas de crisis, “caerá” si no se le “hace caer”” – Lenin

 

“La situación revolucionaria se desarrolla sólo cuando el proletariado comienza a buscar una salida, no sobre los carriles de la vieja sociedad, sino por el camino de la insurrección revolucionaria contra el orden existente. Esta es la condición subjetiva más importante de una situación revolucionaria. La intensidad de los sentimientos revolucionarios de las masas es uno de los índices más importantes de la madurez de la situación revolucionaria.

(…)

En el proceso histórico, se encuentran situaciones estables, absolutamente no revolucionarias. Se encuentran también situaciones notoriamente revolucionarias. Hay también situaciones contrarrevolucionarias (¡no hay que olvidarlo!). Pero lo que existe sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación prerrevolucionaria y una situación revolucionaria o … contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política

(…)

Una situación revolucionaria se forma por la acción reciproca de factores objetivos y subjetivos. Si el partido del proletariado se muestra incapaz de analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria.” – L. Trotsky

El gobierno representativo. Kropotkin

“El gobierno representativo será siempre lo mismo; sus características negativas serán iguales tanto si es regularmente elegido como si surge hábilmente de los incendios de una insurrección.

O la igualdad económica se establece en la nación y en el municipio, y entonces los ciudadanos, libres e iguales, en vez de abdicar sus derechos en las manos de unos cuantos, buscan una nueva forma  de organización que les permita arreglar por sí mismos sus asuntos, o bien harán una minoría que dominará las masas en el terreno económico , un cuarto estado compuesto de burgueses privilegiados, y en este caso, ¡pobres desheredados!, el gobierno representativo elegido por esta minoría actuará como todos los gobiernos: legislará para mantener sus privilegios y procederá contra los “descontentos” por la fuerza y la matanza.

 (…)

Cuando observamos las sociedades humanas en sus rasgos esenciales, haciendo abstracción de las manifestaciones secundarias y temporales, nos encontramos con que el régimen político por el que se rigen es la expresión del régimen económico, existente en la base de esa sociedad. La organización política no cambia a gusto de los legisladores; puede cambiar de nombre, presentarse hoy con el nombre de monarquía, mañana con el de república, pero en su fondo no sufre una modificación esencial; se adapta siempre al régimen económico, del cual es expresión, al mismo tiempo que lo consagra y lo mantiene.

Si a veces, en su evolución, el régimen político de un país se retrasa respecto las modificaciones económicas que en él se han efectuado, entonces una brusca sacudida lo remueve y lo remodela e modo que se adecue al régimen económico establecido. Si, al contrario, sucede que al hacerse una revolución el régimen político va más allá que el económico, quedan los progresos políticos en estado de letra muerta, de pura fórmula, consignados solamente en los papeles, pero sin aplicación.

(…)

Esta idea del jacobinismo* es hoy la aspiración de toda la burguesía europea, y el gobierno representativo es su arma.

¿Este ideal puede ser nuestro? ¿Los trabajadores socialistas pueden pensar en rehacer la revolución burguesa con los mismos moldes? ¿Pueden soñar en reforzar el gobierno central, entregándole también los asuntos de orden económico? ¿Lo que fue un compromiso entre la burguesía y el rey puede convertirse  en ideal del obrero socialista? Creemos que no.

A una nueva fase económica corresponde una nueva fase política. Una revolución tan profunda como la soñada por los socialistas no cabe en los moldes políticos del pasado. Una sociedad nueva basada en la igualdad de condiciones sobre la posesión colectiva de los instrumentos del trabajo  no podría ser compatible, ni siquiera por veinticuatro horas, con el régimen representativo, aun introduciendo en este todas las modificaciones con que se quiere galvanizar un cadáver.

Este régimen ha cumplido su misión. Su desaparición es tan inevitable en nuestros días como  fue en otro tiempo su aparición. Corresponde al reinado de la burguesía. Gracias a él impera la burguesía sobre el mundo desde más de un siglo, y su régimen desaparecerá con ella. En cuanto a nosotros, si queremos la revolución social, debemos buscar la forma de organización política que corresponda a la nueva organización económica.

Esta forma ya está trazada de antemano: subiendo de lo más simple a lo más compuesto, grupos formados libremente para la satisfacción de las múltiples necesidades de los individuos en la sociedad.”

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*Se refiere al poder centralizado. “Soñar con un Estado obrero, gobernado por una Asamblea elegida, es la peor de las ideas que puede inspirarnos nuestra educación autoritaria.”

¿Es la revolución un acto autoritario?. Luigi Fabbri

“Una cosa es la violencia y otra la autoridad gubernamental, sea ésta dictatorial o no. Aunque es verdad, en efecto, que todas las autoridades gubernamentales se basan en la violencia, sería inexacto y erróneo decir que toda «violencia» es un acto de autoridad, por lo cual si es necesaria la primera, se haga indispensable la segunda.

La violencia es un medio que asume el carácter de la finalidad en la cual es adoptada, de la forma cómo es empleada y de las personas que de ella se sirven. Es un acto de autoridad cuando se adopta para imponer a los demás una conducta al paladar del que manda, cuando es emanación gubernamental o patronal y sirve para mantener en la esclavitud a los pueblos y clases, para impedir la libertad individual de los súbditos, para hacer obedecer por la fuerza. Es al contrario, violencia libertaria, es decir, acto de libertad y de liberación, cuando es empleada contra el que manda por el que ya no quiere obedecer; cuando está dirigida a impedir, disminuir o destruir una esclavitud cualquiera, individual o colectiva, económica o política, y es adoptada por los oprimidos directamente, individuos o pueblos o clases, contra el gobierno y las clases dominantes. Tal violencia es la revolución en acción. Pero cesa de ser libertaria y por consiguiente revolucionaria cuando, apenas vencido el viejo poder, quiere ella misma convertirse en poder y se cristaliza en una forma cualquiera de gobierno.”

Anarcosindicalismo (II). Rudolf Rocker

“Con frecuencia se ha acusado al anarcosindicalismo de no interesarse en la estructura política de los diversos países y, por consiguiente, de desentenderse de las luchas políticas de nuestro tiempo, limitando su actividad a la lucha por unas demandas puramente económicas. Es ésta una idea errónea que nace de una manifiesta ignorancia o de una deliberada tergiversación de los hechos. No es la lucha política como tal lo que diferencia a los anarcosindicalistas de los modernos partidos obreristas, ni en la táctica ni en los principios, sino la forma de mantener esta lucha y los objetivos que tiene a la vista.

(…)

Pero el punto de ataque en las luchas políticas no está en los cuerpos legislativos, sino en el pueblo. Los derechos políticos no se engendran en los parlamentos, antes bien, les son impuestos a éstos desde fuera. Ni siquiera su aprobación y promulgación ha sido durante mucho tiempo garantía de su cumplimiento. Lo mismo que los patronos tratan siempre de anular toda concesión que hayan tenido que hacerle al trabajo, a la menor oportunidad que se les presente, en cuanto notan el menor síntoma de debilitamiento en las organizaciones obreras, así también los gobiernos están siempre predispuestos a restringir o a abrogar completamente los derechos y libertades otorgados, si se imaginan que el pueblo no ha de oponer resistencia. Incluso en los países en que desde hace tiempo hay esas cosas que se llaman libertad de prensa, derecho de asociación, y otras por el estilo, los Gobiernos tratan constantemente de restringir esos derechos o de interpretarlos a su antojo, por medio de quisquillosidades judiciales. Los derechos políticos no existen porque hayan tomado estado legal sobre el papel, sino que empiezan a ser realidad cuando comienzan a formar un hábito nacido en la propia entraña del pueblo y cuando toda pretensión de reducirlo tropieza con la resistencia violenta de la multitud. Cuando no ocurre así no hay oposición parlamentaría ni llamamiento platónico a la constitución que tenga remedio. Se obliga al respeto por parte de los demás, cuando uno sabe cómo defender su dignidad de ser humano. Y esto no es sólo verdad respecto a la vida particular, sino que lo es asimismo en la vida política. El pueblo goza de todos los derechos y privilegios políticos de que gozamos todos, en mayor o menor escala, y eso no es por la buena voluntad de los Gobiernos, sino gracias a que ha demostrado que tiene fuerza. Los Gobiernos han empleado siempre todos los medios que han hallado al alcance para evitar el logro de esos derechos o para convertirlos en pura ilusión. Grandes movimientos de las masas y completas revoluciones han sido necesarios para arrancar, en ese forcejeo, los aludidos derechos a las clases rectoras, las cuales jamás hubieran accedido de buen grado a concederlos. Basta con repasar la historia de los tres siglos últimos para comprender cuán inhumanas luchas ha costado el arrancar, pedazo a pedazo, cada derecho a los déspotas.

(…)

Si rehuyen toda intervención en la obra de los parlamentos burgueses, no es porque les repugne la lucha política en general, sino porque están convencidos de que la actividad parlamentaria es la forma de lucha política más débil y de menos horizontes. Para las clases burguesas el sistema parlamentario es, sin duda alguna, instrumento adecuado para el arreglo de sus conflictos, cuando éstos se presentan, y para hacer provechosa la colaboración, puesto que todos ellos tienen el mismo interés en mantener el orden económico vigente y la organización política que lo sustenta.

Todos los acontecimientos que afectan a la vida de la comunidad son de índole política. En este sentido, todos los actos de importancia para la economía, como por ejemplo una huelga general, son asimismo actos políticos, y, por supuesto, de mucha mayor importancia que cualquier procedimiento parlamentario. Es también una lucha de carácter político la contienda del anarcosindicalismo contra el fascismo, como también la propaganda antimilitarista, batalla ésta que durante varias décadas sólo han sostenido los socialistas libertarios y los sindicalistas, y que ha costado enormes sacrificios.

El foco de la lucha política no radica, pues, en los partidos políticos, sino en la guerra económica de las organizaciones obreras. El comprenderlo así es lo que hizo que los anarcosindicalistas concentraran su actividad en la educación de las masas y en la movilización de su potencialidad económica y social. Éste es el método que ha servido para realizar algo en todos los momentos decisivos de la historia.”

Anarcosindicalismo. Rudolf Rocker

“La palabra «sindicato de trabajadores» significaba al principio en Francia organización por ramos de la industria, para el mejoramiento de su status social y económico. Pero el crecimiento del sindicalismo revolucionario dio a este significado una importancia mucho más amplia y profunda. Tal como un partido es, por así decirlo, la organización unificada para un esfuerzo político determinado dentro del moderno Estado constitucional, y procura, en una u otra forma, mantener el orden burgués, así también, desde el punto de vista sindicalista, las uniones de trabajo, los sindicatos, constituyen la organización obrera unificada, y tienen por objeto la defensa de los intereses de los productores dentro de la sociedad presente y la preparación y el fomento práctico de la reedificación de la vida social según las normas socialistas. Tiene, por consiguiente, una doble finalidad: 1.º Como organización militante de los trabajadores contra los patronos, dar fuerza a las demandas de los primeros para asegurar la elevación de su promedio de vida. 2.º Como escuela para la preparación intelectual de los obreros, capacitarlos para la dirección técnica de la producción y de la vida económica en general, de suerte que, cuando se produzca una situación revolucionaria, sean aptos para tomar por sí mismos el organismo socialeconómico y rehacerlo en concordancia con los principios socialistas.

Opinan los anarcosindicalistas que los partidos políticos, aunque ostenten nombres socialistas, no son adecuados para cumplir ninguna de dichas tareas. Así lo atestigua el mero hecho de que, incluso en países en que el socialismo político dirigió poderosas organizaciones y contaba con millones de votos, los trabajadores nunca pudieron prescindir de los sindicatos, ya que la legislación no les ofrecía protección en su lucha diaria por el pan. Con frecuencia ha ocurrido que precisamente en las zonas del país donde el partido socialista tenía mayor fuerza, era donde los jornales estaban más bajos y la vida en peores condiciones. Tal ocurrió, por ejemplo, en los distritos del norte de Francia, donde los socialistas estaban en mayoría en muchos Ayuntamientos, y en Sajonia y Silesia, donde la socialdemocracia alemana había llegado a tener infinidad de afiliados.

Los Gobiernos ni los Parlamentos apenas se deciden a tomar medidas de reforma social o económica por propia iniciativa, y cuando por acaso así ha sucedido, la experiencia demuestra que las supuestas mejoras han sido letra muerta en medio de la balumba superflua de leyes. Así fue como las modestas tentativas del Parlamento británico, en la primera época de la gran industria, cuando los legisladores, atemorizados por los horrorosos efectos de la explotación de los niños, se decidió por fin a procurar algunos remedios triviales, tales disposiciones carecieron durante mucho tiempo de aplicación. Por una parte caían en la incomprensión de los mismos trabajadores; por otra, fueron saboteadas descaradamente por los patronos. Lo mismo ocurrió con la conocida ley italiana que el Gobierno hizo votar a mediados de 1890, prohibiendo que las mujeres que trabajaban en las minas de azufre de Sicilia bajase sus niñitos a las galerías subterráneas. Hasta mucho más tarde, cuando aquellas mujeres lograron organizarse y elevar su nivel de vida, no desapareció el mal por sí mismo. Casos parecidos podrían citarse muchos, tomados de la historia de todos los países.

La punta de lanza del movimiento obrero no es, por consiguiente, el partido político, sino el sindicato, endurecido en la lucha cotidiana y penetrado de espíritu socialista. Los obreros, únicamente pueden desplegar toda su fuerza situándose en el terreno económico, pues es su actividad como productores lo que mantiene unida la estructura social y garantiza en absoluto la misma existencia de la sociedad. En cualquier otro plano se hallarán pisando terreno ajeno y malgastarán sus esfuerzos en luchas sin esperanza, que no les aproximarán en un ápice a la meta de sus anhelos. En el campo de la política parlamentaria el obrero es como el gigante Anteo del mito griego, al que Hércules pudo estrangular en el aire, una vez separados sus pies de la Tierra, que era su madre. Únicamente como productor y creador de riqueza social el obrero se percata de su fuerza; en unión solidaria con sus compañeros, establece en el sindicato la guerrilla invencible capaz de resistir contra todo asalto, si se siente inflamada por el espíritu de libertad y animada por el ideal de la justicia entre los hombres.

Para los anarcosindicalistas, el sindicato no es simplemente un fenómeno de transición, tan efímero como la sociedad capitalista, sino que entraña el germen de la economía socialista del mañana, y es la escuela primaria del socialismo en general. Toda nueva estructura social forma órganos propios dentro del cuerpo de la vieja organización. Sin este comienzo, no cabe pensar en evolución social ninguna. Las mismas revoluciones no pueden hacer otra cosa sino desarrollar y sazonar la simiente que ya existía y que germinaba en la conciencia humana; no pueden crear por sí mismas ese germen, ni plasmar un mundo nuevo de la nada. Por consiguiente nos toca sembrar esa semilla a tiempo y hacer que se desarrolle cuanto más mejor, con objeto de facilitar la futura obra de la revolución y darle garantías de permanencia.

Toda la obra educativa del anarcosindicalismo se encamina a este fin. La educación socialista no significa para los anarcosindicalistas triviales campañas de propaganda ni la llamada «política del momento», sino el esfuerzo para que los obreros vean con más claridad las relaciones intrínsecas de los problemas sociales entre sí, y el desarrollo de su capacidad administradora, con objeto de prepararles para su misión de reformadores de la vida económica, y darles la seguridad moral necesaria para realizar su obra. No hay entidad social más apropiada para esta finalidad que la organización de lucha económica de los trabajadores; endurece su resistencia en el combate directo por la defensa de su existencia y de sus derechos humanos. Esta pelea directa y constante con los defensores del presente sistema, desarrolla al mismo tiempo los conceptos éticos sin los cuales no es posible ninguna transformación social: solidaridad vital con los compañeros de destino, y responsabilidad moral de las propias acciones.”